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¿Por qué no hubo puntajes nacionales en la PTU 2021 de Historia y Ciencias Sociales?

Con escasa atención y sin mayor cuestionamiento por parte de los medios de comunicación,   conocimos los puntajes nacionales de la Prueba de Transición Universitaria 2021, información que dio cuenta de un asunto a lo menos preocupante: la ausencia de puntajes nacionales en la prueba de Historia y Ciencias Sociales, justo en el momento en que se verifican en el país las mayores transformaciones sociales y políticas desde la vuelta a la democracia, enfrentándonos a una decisión país trascendente, como es la redacción de una nueva constitución. 

Este asunto que pudiese parecer nimio no lo es, ya que está dando cuenta de una cuestión   estructural: el desinterés y quizás el divorcio de las generaciones que empiezan la ultima etapa de su formación  con las ciencias humanas, las disciplinas que nos ayudan a respondernos las preguntas fundamentales del sujeto humano (¿quién soy?, ¿de donde vengo?, ¿hacia dónde voy?), consecuencia de una errática política educacional, centrada en formar sujetos racionales, materialistas, exitistas e inmediatistas, naturalmente ajustados al modelo político – económico mantenido por todos los gobiernos post dictadura; que nos está entregando personas que solo creen tener derechos y ningún deber.

Este resultado – que en lo personal me parece una luz de alerta – debemos vincularlo, necesariamente, con decisiones de mediana data como la supresión en 1997 de Educación Cívica como asignatura independiente, para pasar sus temáticas como objetivo transversal al currículo escolar, ampliándose con habilidades de pensamiento (reflexión crítica, capacidad de formular opiniones) y actitudes concordantes con un régimen democrático, tales como pluralismo, respeto por el otro, y valoración de los derechos humanos, en lo que conoceremos como” formación ciudadana”, algo muy interesante en la teoría pero que en la practica no tenia otra razón que dar mas espacio a asignaturas como matemáticas y ciencias, como finalmente ocurrió. 

Lo paradójico de la cuestión, es que Educación Cívica había sido instalada en el currículo por la dictadura militar (1981) con el propósito de impartir conocimientos sobre la nueva Constitución, el funcionamiento del sistema político y económico, y los derechos fundamentales; lo que bien pudo haber sido reorientado por los gobiernos democráticos, pero se optó por lo inmediato, con la consecuencia de que varias generaciones terminaron identificándose con “el no estoy ni ahí”, traducido en desprecio y despreocupación por la cosa pública, y su abstención de participar en los procesos eleccionarios.

En el primer gobierno de Sebastián Piñera se instauró la inscripción automática y el voto voluntario, con resultados de una tremenda abstención que comenzó a preocupar a los actores políticos ya que ello daba cuenta del estado de compromiso de los ciudadanos con el sistema que, naturalmente, le restaba validez a la clase que lo manejaba, clara expresión de lo cual fue – entre otras razones – el estallido social de octubre de 2019.

Lo anterior llevó al Mineduc a repensar la cuestión, instaurándose en 2019 una nueva propuesta curricular para 3° y 4° medio que se define por la electividad y el mejor desarrollo de competencias como ciudadanía, responsabilidad, colaboración, pensamiento crítico y comunicación, cuyos resultados no se verán materializado sino al menos en una década. 

Este es un buen intento por recuperar el compromiso ciudadano que caracterizó a Chile hasta la crisis política de 1973, y que permitió el retorno a la democracia de mano de los mismos que alguna vez la dilapidaron; pero el problema subsistente es que la decisión política mas importante del siglo queda en manos de generaciones con escasa formación cívica, lo que hipotéticamente podría poner en riesgo la elección de los constituyentes más adecuados a este importante trabajo.

Un buen desafío se plantea a los profesores de Historia, Geografía y Ciencias Sociales, y especialmente a quienes hoy están en formación, de intentar recuperar – en el escaso tiempo de que dispondrán – en sus estudiantes el aprecio por la lectura, la capacidad de análisis y critica fundada, el diálogo que construye aún en la diferencia;  en una sociedad marcada por la inmediatez e insoportable levedad de las redes sociales, que mas que formar juicios solo busca satisfacer el deseo de consumir. 

Se releva como importante, también, el consejo familiar a la hora de que los estudiantes armen su malla electiva, instándoles conocer la hermosura de las ciencias humanas (filosofía, historia, antropología, literatura) – parafraseando a Cristian Warnken “la belleza de pensar”- , aun cuando no vean en ellas – en el corto plazo – la misma utilidad de asignaturas más lógicas y funcionales para acceder a carreras “prestigiadas y altamente rentables” ofrecidas profusamente por un mercado educacional, que – salvo honrosas excepciones – está marcado por el mismo signo de los tiempos.

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