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Carlos Ibáñez del Campo: ¿El Trump chileno?

Don Carlos Ibáñez del Campo (Linares 1877-Santiago 1960), desde 1909, a su regreso de El Salvador (donde desobedeciendo órdenes del gobierno chileno se involucró en una guerra) empieza su actividad política, no en forma abierta, sino que manejando situaciones y ubicándose en puestos estratégicos. En el Golpe Militar del 5 de septiembre de 1924, el Mayor Ibáñez –que era comandante de la Escuela de Caballería- acaudilló discretamente el descontento de los oficiales más jóvenes en contra del Senado, que obstaculizaba las reformas sociales. 

Fue el gestor, pero no estuvo presente, de la reunión donde se representa al Presidente Alessandri la molestia de los uniformados por el nulo avance en esas leyes. El Mandatario quiere evitar un conflicto y decide alejarse del poder, en septiembre de 1924. Vienen varias juntas militares. Ante el fracaso, se llama de nuevo a Alessandri. Ibáñez no actúa, pero sigue en las sombras.

Alessandri asume el mando el 20 de marzo de 1925. El 21 designa ministros, pero debe aceptar al Coronel Carlos Ibáñez del Campo como Ministro de Guerra. Es la imposición de Comité Militar. Ibáñez se mueve con autonomía. En octubre proclama su candidatura presidencial sin dejar su cargo de Secretario de Estado. Además, envía una nota a todos los ministros donde les ordena que cualquier acto administrativo del Mandatario debe llevar su firma, de lo contrario es nulo. Alessandri renuncia el 2 de octubre de 1925 y asume como vicepresidente Barros Borgoño.

Se acerca al sillón de La Moneda

En las elecciones presidenciales del 24 de octubre de 1925 se presentaron dos candidatos. Don Emiliano Figueroa Larraín, militante del Partido Liberal Democrático y el talquino Dr. José Santos Salas Morales. Ibáñez del Campo, cauto, no acepta competir. Es electo Figueroa.

Ibáñez sigue como ministro de Guerra, a contar del 9 de febrero de 1927, es ministro del Interior. Como tal, exilia al Presidente de la Corte de Apelaciones, Felipe Santiago Urzúa, por una sentencia que no fue de su agrado. El presidente de la Corte Suprema, Javier Ángel Figueroa, hermano del Presidente, acoge un recurso de amparo de éste.

Ibáñez, sin más, lo hace detener en su domicilio. Don Emiliano Figueroa renuncia ante este vejamen e insubordinación de Ibáñez. Se convoca a elecciones, don Carlos Ibáñez se presenta como candidato único. La máxima es “quien no vota por Ibáñez es un traidor”. Logra más del noventa por ciento de los sufragios. Asume la presidencia el 21 de julio de 1927. Inicia la “depuración” del país: todo aquel que parezca como posible adversario, es destituido o exiliado. Del poder judicial y de todos los servicios se remueve a ministros o funcionarios no confiables y ubica a sus adeptos.

El gobierno

Pese a las dificultades económicas, Ibáñez dispone algunas reformas y obras de importancia. Establece la Contraloría General de la Republica, fusiona las policías y da vida al Cuerpo de Carabineros. Determina una nueva división territorial y deja a Linares como Provincia de Maule, lo cual molesta a no pocos coterráneos suyos. Logra arreglar el problema de límites con Bolivia y Perú. Funda la Escuela de Grumetes. Se busca petróleo en Magallanes.

El Congreso “designado”

Al acercarse las elecciones parlamentarios de 1930, la situación del Presidente era muy inestable y su popularidad decaía con fuerza. Fiel a su estilo, decidió urdir un sistema que le asegurara un congreso leal a su régimen: ordenó al director del Registro Electoral dictar una resolución donde cada partido sólo podía presentar candidatos según las vacantes existentes en el congreso. Todas las jefaturas de los partidos políticos dieron su beneplácito para esta verdadera farsa, con la justificación que ello “evitaría enfrentamientos”. Con la nómina en su poder, el Presidente Ibáñez se dirigió a las Termas de Chillán donde designó a su gusto a los diputados y senadores, lo cual se verificó el 2 de marzo de 1930. 

Para esta oscura maniobra se prestaron personalidades como Alberto Cabero y José Maza. De Linares se designó a Manuel Isidoro Cruz Ferrada y Javier Ibáñez del Campo (hermano del Presidente) y en Talca aceptaron esta “nominación” Ernesto Cruz Concha, Rodolfo Armas Riquelme y Alejandro Dusaillant y por Constitución Arturo Lavín Urrutia y Galvarino Ponce. Uno de los que respaldó esta maniobra fue Juan Antonio Ríos, más tarde Presidente de Chile.

Ni en el régimen militar de 1973 a 1989 hubo atisbo de conformar un Congreso similar.

Pero la crisis es inminente: baja el cobre, el salitre no se vende, los fondos fiscales escasean. La depresión económica se agrava cuando Inglaterra deja de comprar salitre. Largas filas de empobrecidas familias se vienen desde el norte, cesantes y sin un lugar donde vivir. Según un informe de la Liga de las Naciones, Chile fue el país más afectado del mundo.

Todo ello desencadenó desde principios de 1931 una gran agitación social. Decir “estallido” es poco. En julio de ese año Santiago entero estaba en un gran alzamiento. Los estudiantes de la Universidad de Chile, encabezados por Julio Barrenechea se tomaron la Casa Central y lo mismo hicieron los alumnos de la Universidad Católica, liderados por Bernardo Leighton y Eduardo Frei Montalva.

La situación se agrava cuando en las puertas de la casa de estudios cae muerto de un balazo de la policía el estudiante de medicina Jaime Pinto Riesco y al día siguiente, corre igual suerte el profesor Alberto Zañartu Campino. Entonces los sectores pudientes de la capital restan todo apoyo a Ibáñez. La noche del domingo 26 de julio de 1931 Carabineros, cuyo director era el General Manuel Concha Pedregal, se retira de las calles ante la imposibilidad de contener la situación.

El alto oficial explica las razones al Presidente. Ibáñez no cede un ápice y convoca a La Moneda al comandante en jefe del Ejército, general Bartolomé Blanche Espejo (en ese año se sucedieron tres comandantes en jefe) y le pide sacar las tropas a la calle. El general pide hablar con el mandatario en privado. Le sugiere, respetuosamente, renunciar. Ibáñez rechaza tercamente la opción. Tampoco acepta conversar con los dirigentes de los opositores.

Ante la inminencia de la gravedad de los hechos, extiende un permiso para abandonar el país. Su edecán, capitán Gustavo Luco Rojas, se dirige al Congreso para traer al presidente del Senado, don Pedro Opaso Letelier, a fin que asuma el mando. El Mandatario abandona la casa de gobierno sin efectuar la entrega formal de sus funciones.

Se refugia en la embajada de Argentina y desde ahí viaja al país transandino. Al día siguiente, la Cámara de Diputados (donde estaban los integrantes por él designados en el Congreso termal) rechaza la petición y lo destituye por abandonar el país sin autorización. Se intenta iniciar un juicio político en su contra.

Pero veintiún años más tarde, en 1952, sería electo de nuevo para la Primera Magistratura con el lema de “El General de la Esperanza”.

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